Hay
artistas que
redefinen el entorno y otros que lo reflejan. Romero de Torres es de
los primeros, pero como siempre lo hace de una forma peculiar y
originalísima. Aunque el
cante flamenco por
alegrías es,
como dice su nombre, alegre, en Córdoba, la ciudad
senequista,
parece tener un tinte serio y majestuoso.
La escena captada a la manera de tablao flamenco, se desembuelve en dos
zonas distintas, en vertical una, y horizontal la otra, donde cuatro
personajes dispuestos en torno a una figura central, parece
más
bien una fiesta cortesana, por el hermetismo de la
composición y
la actitud hierática de las figuras.
Se trata de una
composición que se estructura en torno la
bailaora
catalana Julia Borrull, que acompañada de otras mujeres
está iniciando un paso de baile al ritmo que marca una
guitarra.
Sorprende en esta obra el aspecto hierático de la
protagonista,
que se nos muestra en una actitud distante más propia de una
bailarina oriental que de una bailaora de flamenco. En 1916 Julio
Romero había sido nombrado Profesor de Ropaje de la Escuela
de
Bellas Artes de San Fernando, en donde su amigo Valle Inclán
llevaba la cátedra de Estética. No debe, por
tanto,
causarnos sorpresa el magnífico tratamiento de las telas y
de
los zapatos en esta obra que estamos comentando.
Entre las figuras
secundarias que acompañan a Julia Borrull destaca la mujer
que
está riendo y dando palmas, adornada con una rosa; se trata
de
Amalia
Fernández
Heredia, Amalia la Gitana, mujer a la que el pintor
utilizaría
como modelo en muchas de sus creaciones. Tras ella, Carola Romero de
Torres, sobrina del pintor. En la parte inferior, atravesando la
composición, la imagen estática de una joven
tumbada que
no participa de la escena y permanece ajena a ella: es la hija mayor
del artista, Amalia. El personaje masculino con la guitarra se hace
más pequeño, mientras la mujner que baila se
eleva; esta
figura la encarnó el hijo de la cantaora Carmen Casena.
Debido a la actitud
hierática y distante de la bailaora, la estudiosa Mercedes
Valverde Candil ha dicho, con acierto, que esta obra nos muestra
realmente unas
Alegrías
tristes. Solamente las palmas de la gitana y la sonrisa de Carola,
sobrina del autor, situada algo detrás, brindan esa
alegría que el título sugiere. El resto de las
figuras
parecen ausentes, ajenas a lo que está sucediendo.
Esta obra pertenece a la época de plenitud del maestro, que
se
nos revela aquí en una espléndida
realización de
dibujos y colorido.
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