
En 1897 Mark Twain contempló con pasmo cómo
el New York Journal difundía la noticia de su muerte trece años antes
de que ésta se produjese realmente. La anécdota le viene que ni al pelo
a un escritor que hizo de la ironía su seña principal y que lejos de
circunscribir su mordacidad al folio, la aplicó a las trabas que el
destino puso en su camino hacia la inmortalidad literaria. Nacido el 30
de noviembre de 1835 en
Florida bajo el nombre de Samuel Langhorne Clemens, expiró finalmente
el 21 de abril de 1910 en Redding, una localidad del estado
norteamericano de Connecticut. Entre medias de ambas fechas había
regalado a ge
neraciones de jóvenes lectores, tanto los contemporáneos
como los que habrían por venir, algunas de las páginas más delirantes
que se hayan escrito nunca.
Dardos envenenados
| Principales obras
La célebre rana saltarina del condado de Calaveras (1865) Las aventuras de Tom Sawyer (1876) Los perros del ocaso (1878) Príncipe y mendigo (1882) Vida en el Mississippi (1883) Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) Un yanqui en la corte del Rey Arturo (1889) Tom Sawyer a través del mundo (1894) Tom Sawyer detective (1897) Dos detectives ante un barril (1902) Diario de Adán y Eva (1906) El forastero misterioso (1916) |
Acecha la tragedia
El beneplácito de los lectores le fue fácil de conseguir, pero no tuvo tanta suerte en su vida personal. Su esposa, Olivia Langdon, con la que contrajo matrimonio en 1870, reforzó las ideas progresistas que le habían alimentado desde sus años mozos, especialmente por lo que a la abolición de la esclavitud se refería. Su tío John fue propietario de una veintena de hombres y su padre también se dedicó al cultivo de la tierra en la época de las grandes plantaciones de algodón. Pero para él el capitalismo no era sino una aberración y la posesión de almas humanas no hacía sino exhacerbarla.
A Mark Twain le había costado un arduo año conquistar a Olivia a través de sus cartas y a su lado era muy feliz. Sin embargo, la tragedia acechaba en el horizonte. Su hija mayor, Susy, murió víctima de la meningitis y otro de sus hijos también perdería la vida prematuramente. Por si esto fuera poco, Olivia, a quien él cariñosamente llamaba Livy, terminó quedándose inválida.
Infortunios que venían a unirse a sus apuros económicos, derivados de una ruinosa inversión en un nuevo tipo de linotipia y que le obligaron a recorrer el mundo para tratar de ganar unos dólares como conferenciante. La vida le había mostrado su rostro más amargo y estaba ya demasiado cansado para seguir plantándole cara. Su nacimiento había coincidido con el paso del cometa Halley por la Tierra en 1835 y el inminente regreso del astro le hizo profetizar su muerte. "Estoy seguro de que el Todopoderoso lo ha pensado: 'Estos dos monstruos han llegado juntos, que se vayan juntos'", dijo el escritor. Se equivocó únicamente por un día. Pero si "el arte de vivir consiste en conseguir que hasta los sepultureros lamenten tu muerte", según dejó escrito, Mark Twain lo practicó como nadie, como demuestra el hecho de que sus textos sigan estando entre los más solicitados en las bibliotecas de todo el mundo.
Oscar Bellot, Madrid: Mark Twain, el aventurero de la palabra, ABC, 21 de abril de 2010





